la tasa de créditos actual frena el rebote de la economía

El mercado financiero argentino vive una realidad compleja hoy en día. Por un lado, hay esfuerzos por estabilizar la macroeconomía, pero por el otro, acceder a financiamiento es un verdadero desafío para las personas. Las últimas cifras del Banco Central muestran que el costo del dinero es un obstáculo enorme para que el sector privado se recupere. Por ejemplo, al 7 de mayo de este año, la tasa promedio para créditos personales estaba en 67,86% de Tasa Nominal Anual (TNA). Pero, al agregar otros costos como seguros y gastos de otorgamiento, el consumidor enfrenta tasas reales entre 130% y 150%.

Esta situación ya no es solo un tema de bancos. La diferencia entre una tasa activa elevada y la caída del ingreso disponible está creando un ambiente de tensión financiera que afecta a las familias. En vez de facilitar la recuperación, el sistema crediticio parece ahogar a la gente, llevándola a un ciclo de insolvencia. Esto perjudica las perspectivas de un repunte en el consumo, que es fundamental para la economía.

La distorsión del tiempo: De la licuación al castigo

Para entender lo que está ocurriendo con las tasas, hagamos un poco de historia. En mayo de 2024, la inflación estaba por las nubes, con un promedio mensual del 4,2% y una interanual de 276,4%. En ese contexto, una tasa del 70% para créditos personales podía parecer buena, ya que inicialmente resultaba en una tasa real negativa. Sin embargo, las cosas cambiaron drásticamente.

Ahora, la inflación mensual está en un rango del 2% al 3% y la interanual ronda el 31%. Las expectativas proyectan una inflación del 24,2% para el próximo año. Sin embargo, la TNA se mantiene rígida en 67,86%, apenas un poco por debajo de lo que era hace dos años. Esto significa que la tasa real se disparó, superando ampliamente cualquier expectativa de inflación, y hace casi imposible que deudores refinancien sus deudas.

La aritmética básica y la mora

Con el aumento en la morosidad, el Gobierno ha lanzado un argumento que no se sostiene. Dicen que el incremento en la morosidad es consecuencia del crecimiento en el volumen total de créditos. Pero si desglosamos los números, queda claro que la mora está aumentando porque la capacidad de pago de la gente ha disminuido, no porque haya más créditos.

Para ilustrarlo, pensemos que si el total de créditos crece pero la morosidad también lo hace a un ritmo superior, es evidente que la gente no puede pagar. Esto demuestra que el aumento de impagos no es solo un reflejo del mercado. La situación es aún más crítica en las fintech, donde la falta de regulación ha elevado los índices de morosidad.

Asimetrías bancarias y el círculo vicioso

Este tema de las tasas altas se debe a una serie de asimetrías en el sistema bancario. Hace un año, el Banco Central aplicó un ajuste que afectó las tasas activas y pasivas. Mientras las tasas que los bancos pagan a sus ahorradores bajaron, las tasas que aplican a los créditos se mantuvieron altas, creando un efecto perjudicial.

Esto está relacionado con un círculo vicioso. Al aumentar la morosidad, los bancos deben hacer más provisiones de capital, lo que encarece cada préstamo. De este modo, quienes cumplen con sus pagos terminan subsidiando a aquellos que no pueden.

Un ecosistema ineficiente: Cuatro bloques

La culpa de estas altas tasas no recae solo en los consumidores. Este tema es consecuencia de un mal funcionamiento entre cuatro actores clave:

  1. El Banco Central: Su política monetaria no logra trasladar las reducciones de tasas a la economía real.

  2. El Estado Nacional: La alta carga tributaria sobre los intereses y decisiones que desplazan la liquidez hacia la deuda pública limitan el acceso de los bancos al sector privado.

  3. Las Provincias: Imponen impuestos que incrementan los costos de las transacciones.

  4. Las Entidades Financieras: Buscan proteger sus márgenes y pocas veces trasladan las bajas de tasas a sus productos.

Ninguna teoría económica recomienda volver a tasas extremadamente negativas que afecten a la economía. Para que el crédito vaya bien, sus costos deben ser sostenibles y coherentes con la inflación. Con tasas que triplican la inflación esperada, la realidad es insostenible y golpea tanto la producción como el consumo.

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